lunes, 4 de agosto de 2025
**Adagio de Silvia Regina, poemas.
**El hombre que busco la libertad.
El hombre, en su desesperanza, quiso buscar su libertad y, ya ven, se puso en camino, surcó montañas tremendas, valles insólitos, mares turbulentos y toda clase de bosque, hasta perderse en el finito mundo, por el vívido.
Se adentró en un inmenso valle de hierbas frescas y amapolas. Necesitaba descansar, pues pronto se haría la noche.
Soltó su mochila, y sacó una pequeña tienda de campaña, y con su pequeña hornilla, se preparó una buena cena.
Ya adentrándose la una de la noche, se quedó un rato mirando el cielo, lleno de estrellas, maravilloso.
Él jamás imaginó aquel momento, pues fue su primera escapada al mundo de la soledad, que él la llamó la libertad.
Qué ilusos somos, pues de día nuestros pensamientos son unos, y en las noches todo lo contrario.
Se metió en su tienda, ya para esperar un nuevo día, pues la soledad, aunque él la quería, los humanos no nacimos para vivir solos, pues sí o sí los fantasmas del pasado nos visitan en esas noches silenciosas y oscuras.
En su oscuridad, solo un pequeño silbido de la brisa en el roce de la hierba le recordó a Marilú una jovencita que, un día en la playa, consiguió enamorarlo, pues la chica, acampada cerca de él, le provocó toda clase de pasiones con esos gestos con los que ella le mostraba sus intimidades, simuladamente, que solo él viera.
Él, ese día se emborrachó de deseos y pasiones; él aquella tarde se levantó un momento, mirando hacia la playa, emocionado por esa provocación de aquella chica, mientras en ese momento llegaron los papás de ella y se marcharon sin más. Él, cuando se volvió, ella ya no estaba; mirando hacia todos sitios, creyó que pudo ser una alucinación.
De aquí los fantasmas del pasado; él sonreía en su soledad, agarrado al saco de dormir hasta quedarse frito.
A la mañana siguiente comenzó su visita por la naturaleza y se adentró mucho más en un bosque que apartando la maleza, pues el camino se perdió.
Chocó contra una alambrada, dijo: "Coño, ¿qué es esto?", así que la rodeó un par de kilómetros que tenía y, qué casualidad, tiene la vida que, viendo a través de la valla a tantas personas, ya no quiso continuar con su caminata. Era casi las siete y decidió acampar dentro del camping; pagó su entrada, que por ser solo una tienda de campaña pagó muy poquito.
Ciertamente, disfrutó con todo aquello, pues había muchos niños y lo pasaban divinamente.
Montó su tienda y decidió darse un baño en la piscina que estaba llena de personas, pues ese día hacía mucho calor. Ya de noche se sacó su hornillo y se sacó unos choricitos que, al freírlos, soltó un aroma exquisito; el aroma llenó todo el camping, provocando el hambre a todos. Jajajá,
Él se lo comió casi todo, pero una chica atrevida se asomó por un lateral de la tienda y le dijo: "¿Me das un trocito de chorizo?". Él, sin mirar, ¡sí toma!, y ella lo cogió; como era bastante de noche, que solo un pequeño campín alumbraba al fondo de su tienda. Él dijo: "Siéntate si quieres". Ella se sentó y, cosas que tiene la vida, ella se le abrió de piernas con un pantaloncito algo olguero, y él la miró y, viendo que era la misma chica, casi se ahoga con la comida, que ella tuvo que ayudarlo a respirar.
—Tú eres el chico de la playa, ella.
—¿Qué haces tú aquí, chico? —Él le dijo: —¡Eres una provocadora, lo sabes! —Ella se echó a reír: —¡Sí, me encanta!
Así comenzaron a charlar y se tiraron casi toda la noche; ya cansados y tumbados, se quedaron durmiendo los dos. Al día siguiente ya no se despegaron el uno del otro, salieron a bailar a una discoteca y el amor se adueñó de los dos, terminando haciendo el amor en aquella tienda de campaña. Fin.
Enrique Nieto Rubio.
Derechos de autor.
**Érase una vez EL abuelo y la niña del vestido rojo.(cuentos)
Érase una vez EL abuelo y la niña del vestido rojo con sus flores blancas.
Un día se fueron de perol, y el abuelo fingía cansarse para así contarle a su nieta sus vivencias por la vida, ya que él fue un pescador de alta mar.Se tumbaron sobre un árbol; el día era fantástico y él le contaba, cuando vieron cómo un dragón en el mar, cerca de la isla, volaba allí. Ellos iban muchas veces, pues había una cantina de un viejo pirata.
Este contaba sus hazañas a ellos, pues el pirata, mientras tomaban cerveza, los entretenía contándoles de una isla fantasma, donde un día desembarcaron allí por un barco holandés que fue a la deriva por una gran tormenta, con asesinos de lo más peligrosos.
Allí murieron de viejos, protegiendo un gran tesoro que los piratas escondieron y jamás pudieron regresar, pues esa isla suele desaparecer con la niebla.
La niña alucinaba con su abuelo, que era fantástico.
Eso lo solía hacer muchas veces; otras veces le contaba alguna que otra historia. Cuando un día en alta mar estaba la mar muy revuelta y al coger las aneas, un golpe de agua lo sacó por el otro lado del barco.
Ya era casi de noche y no se veía apenas.
Pues cayó en lo alto de una inmensa ballena; esta lo miró y quiso darles un buen susto. Él se agarró a un arpón que llevaba clavado la ballena, salió a gran velocidad hasta llegar cerca de una isla. A esta pobre ballena le caían unas lágrimas, pues le dolía mucho.
El abuelo de un tirón le sacó aquel arpón, pues él sabía un truco para hacerlo sin dañar mucho a la ballena... Está en su agradecimiento; lo llevó despacio hasta el barco y así no se caería.
Para contentarla, pues después ella, cuando volvía a casa, con mucha alegría y con grandes ojos, se lo contaba a sus papás.
Otras veces se la llevaba a pescar, a la orilla de un río manso, y aunque no pescaban mucho, se lo pasaba maravillosamente; su abuelo era lo más grande para ella.
Enrique Nieto Rubio.
Derechos reservados.
viernes, 1 de agosto de 2025
**El granjero. (Cuento)

En un gran valle, donde había cinco granjas dispersas, los granjeros vivían en armonía unos con otros, pero había uno pegado a un arroyo precioso; era quien más tenía posibilidad de prosperar, pero era muy pobre y algo mayor.
Tenía gallinas, cerdos y una vaca, además de unos preciosos conejos, muy juguetones, y esos pavos con ese gran moco colgando, en la cual su esposa sacaba la leche para el desayuno de la vaca.
Pero como eran tan pobres, apenas si tenían para pienso, pues los cerditos comían demasiado... y estaban tremendos, casi como caballos de grandes.

Un día, la vaca, que era listísima, se dio cuenta del problema y decidió por las mañanas escaparse después de ser ordeñada. Ella se alejaba disimulando lentamente y se pegaba entre las vacas de su vecino; como eran casi iguales, el dueño no se daba ni cuenta.
Se pegaba al pienso, y se ponía a comer y mucho.
Las otras vacas la miraban y le decían: Túuuuu, no te comas nuestra comidaaaaaa.
Pero ella les daba un buen coletazo y las apartaba.
Bueno, esto era a diario, pero para no alertar a los dueños, se iba de granja en granja y a todas les hacía lo mismo.
Lo que ella, tan lista como era, no sabía nada de los toros, pues pensaba que todos eran vacas.
Uno de ellos, en la última granja, se fue pegando a ella, despacito y disimulando, y cuando la tenía a un palmo de nariz, se subió de un salto y le coló su aparato reproductor hasta las trancas. Ella, cuando quiso darse cuenta, ya era tarde y salió corriendo.
Uff, dijo ella, qué susto me dio esa vaca, me ha colado el traste hasta el fondo; menos mal que he salido corriendo, que si no... ufff.
Lo cierto es que este granjero tendría un ternero a los 6 meses.
Ya no era tan lista. Bueno.
Ya creció la familia, así que esta vaca iría a todos los sitios, menos a la última, jajajaja.
A pesar de todo, el granjero se alegró mucho, aunque no se explicaba el cómo pasó eso, jajajaj.
Así que, como la vaca seguía haciéndolo, su ternero la acompañaba, aprendiendo el oficio de mangar comida.
Ella ya les sopló a los conejos y a las gallinas el modo operante para comer todo lo que quieran, y así lo hacían.
Este granjero resultó ser un listillo, pues llegó a sacar una fortuna con los cerdos, que eran los más grandes de todo el condado, y los demás animales, que todos engordaron sin tener que gastar un céntimo en trigo o cebada...
Así duró mucho tiempo, pero los demás granjeros se dieron cuenta, pues gastaban mucho y sus animales estaban esmallados; terminaron valladas sus granjas y haciendo corrales todos.
Enrique Nieto Rubio.
Derechos de autor.