Un día su mamá le dijo: "¿Pichoncito, podrías ir a comprarme una carterilla de azafrán?"
Pichoncito respondió: ¡Claro que sí! Con gusto iré, mamá.
Marchó Pichoncito por el camino hacia el pueblo, y ya en la tienda dijo:
-Señor tendero, por favor... ¡Deme una carterilla de azafrán!
Pero este, como había mucha gente, no le oía.
-Señor tendero, óigame... por favor... ¡Deme una carterilla de azafrán!
Y el tendero, nada que no le respondía, hasta que la tienda estaba vacía.
Pichoncito insistió: Señor tendero, por favor... ¡Deme una carterilla de azafrán!
¡Ahhh! ¡Eres tú, pichoncito!
¡Vaya, hombre, por fin, llevo toda la tarde esperando!
¡Ahhh! ¡Perdona, es que no te había oído! Bueno, ¿qué quieres?
¡Una carterilla de azafrán!
Está bien... aquí tienes.
¡Jo, por fin!... ¡Ya era hora... pues se ha hecho de noche!
¡Vaya con el tendero!
Ya en el camino empezó a llover, y a llover. ¡Auchh! Exclamó Pichoncito... ¡Lo que me faltaba!
Se puso la carterilla encima de la cabeza para no mojarse, pero la carterilla de azafrán se mojó, hasta que se le rompió: Entonces Pichoncito se metió debajo de una col cuando pasaba por un huerto, pero un buey que pastaba por allí se comió la col con Pichoncito dentro.
La madre de Pichoncito, muy preocupada porque el niño no llegaba; ya tarde por la noche, cuando su marido llegó, le contó lo ocurrido.
Esposo mío, estoy consternada, porque he mandado a Pichoncito de compras esta tarde... y esta es la hora en que no ha llegado.
El marido le dijo: Vamos a buscarlo inmediatamente; nos dividiremos, tú irás por este camino y yo por aquel.
Así lo hicieron... y por todo su recorrido la madre y el padre exclamaban a viva voz:Pichoncito, ¿dónde estás?
Caminaron por un buen rato repitiendo una y otra vez su angustioso llamado... En una de esas, cuando la madre gritaba su nombre cerca del buey:
Pichoncito, ¿dónde estasss?
El pequeño escuchó... Y en la barriga del buey se vio un movimiento... Sin embargo, Pichoncito estaba confortable en la barriga del buey, donde no nevaba y mucho menos llovía.
La mamá, que se percató de lo que sucedía, llamó a su marido, quien apresurado corrió al lugar de donde provenía el llamado de su esposa. Al llegar, la mujer le dijo:
Esposo mío, pichoncito está aquí dentro, en la barriga del buey... ¿Qué haremos para sacarlo?
El padre respondió: En la casa tengo habichuelas y aceite de ricino, las cuales le daremos de comer hasta la saciedad.
Los padres tomaron al buey y se dirigieron a casa, le dieron de comer tal cual lo habían acordado y acto seguido le colocaron un tapón grande en el trasero... y cuando el pobre animal tenía los ojos saltones, se dispusieron a retirárselo... e inmediatamente se tiró un gran pedo, y con él salió pichoncito lleno de estiércol diciendo:
Joder, qué peste, ¿para qué han hecho esto? ¡Con lo calentito que yo estaba!
Los padres lo levantaron, bañaron y luego lo arroparon, hasta que el pequeño se quedó dormido.
Colorín, colorado, este cuento ha terminado.
-Fin-
Enrique Nieto Rubio
*Derechos reservados*
ID.IJ.DOID.M.CO.98
Colabora en imágenes.
Silvia Regina Cossio Cámara.

































