jueves, 6 de agosto de 2020

**En la casa de mi tía.






En la casa de mi tía,
He vivido todo el año.
Rebosante de alegría,
Todo el día cantando.

En la casa de mi tía,
Pienso mucho en el amor.
Pues tiene tanta alegría,
Qué gozo de corazón.
Y cuando me asomo por la ventana,
Me ilumina la emoción.

Ese aroma de azahar,
Que alegra mis mañanas.
Pensando en volverte a amar,
Tú, mi fiel enamorada.

Fueron pocos los momentos,
Los que vivimos este amor,
Pero te aseguro mi vida,
Que aún tiemblo de pasión.

En la terraza estuvimos.
rodeados de flores,
Las gitanillas y los geranios
Perfuman nuestras pasiones.

Tú me hacías sentir
Yo te hacía gozar.
Entre los dos, un mundo.
Lleno de felicidad.

Qué cariño nos tuvimos.
Qué pasión desmesurada,
Y desde entonces vivimos,
En esta humilde morada,
En la casa de mi tía, tú,
Yo y esta balada de amor.

Enrique Nieto Rubio
Derechos reservados de autor.
V.D.DOIPID.OO.98.


**Silvia la abuelita en su cabaña. (cuento).


 

Érase una vez una linda abuelita que vivía junto a sus nietos en una hermosa cabaña en el bosque.

Durante el día se divertían muchísimo, con quien siempre encontraban actividades emocionantes para hacer...

Así vivían día tras día, sin mayores penas, más que disfrutar de la vida y de todo el bello entorno en el que se encontraban.

Por las mañanas, la abuelita la instruía en diversas materias... y por las tardes bordaban, cocinaban, recolectaban flores del campo.

Tres veces a la semana salían de madrugada, pues se iban a pescar en un pequeño velero; muchas veces luchaban con las ballenas, que no les dejaban pescar, pues eran insaciables comiendo peces.

Pero la abuelita linda cogía el remo y les golpeaba en sus cocorotas, y entonces las ballenas se metían en el fondo del mar y no molestaban más.

Cuando pescaban lo suficiente para el día, regresaban adentrándose otra vez por aquel precioso río, que casi rozaba la cabaña.

La abuela tenía un enorme corazón y se preocupaba de pescar lo suficiente para así alimentar a un oso negro que siempre rondaba la cabaña. Ella le daba de comer algunos pescados, y el oso se marchaba de lo más contento.

El animal no solía alejarse mucho de la cabaña, pues la abuelita y los niños eran casi su familia, ya que la mujer lo había criado desde que era un pequeño osezno, pues unos cazadores muy malos mataron a sus padres.

Un día oscuro, sin luna a las tres de la madrugada, sintió que merodeaban alrededor de la cabaña; por lo que la abuelita, muy asustada, agarró un hacha que tenía colgada en la pared... por si acaso. (La que le servía para cortar leña).

A ella le parecían raros los ruidos provenientes del exterior, ya que a oso le gustaba hacer hoyos y cavar... pero jamás a esas horas.

De pronto comenzaron a aporrear la puerta; a ella el corazón casi se le salía, al punto que no podía pensar. Todo estaba pasando muy rápido. Como los merodeadores vieron lumbre en la chimenea, no pararon de golpear la puerta.

La voz de hombre se escuchaba: ¡Abrir, por favor!

¡Que mi compañero ha pisado una trampa de oso y se puede morir!

La abuela en ningún momento se detuvo a pensar que fuera mentira, y abrió la puerta...


Los intrusos, tan pronto vieron a la abuela desprotegida, en el instante la comenzaron a golpear por todos lados. 


El paso de los años aún no había deteriorado su grácil figura; así pues, ellos quisieron todo de ella.

La abuelita, en ese momento, no podía dejar de pensar en los niños, quienes eran su mayor tesoro. 


Temía por el bienestar de sus nietecitos, o lo que pudieran hacer con ellos.

Por temor a despertarlos, apenas alcanzó a dar un chillido en ese momento... Así pues, no puso resistencia, pues los hombres eran muy grandes y armados con escopetas.


 La desnudaron a tirones y ya iban a cobrar la presa cuando una sombra apareció por la ventana.

Ella miraba al oso como pidiendo auxilio, y este entendió el mensaje irrumpiendo en la entrada; con sus garras de 20 centímetros se lió con los dos, y no paró hasta destrozarlos. El oso parecía un demonio en ese momento.

La abuelita quedó impactada y se desmayó, cayendo al suelo.

El oso se acercó a ella, y escondiendo sus garras, la apartó del sitio atroz; cogiéndola por el torso, la subió con sus grandes manos hasta su habitación.

Sus nietecitos no se dieron cuenta de todo lo sucedido. Ella se sintió, en ese momento, la mujer más protegida de todo el mundo.

Sentía el basto pelo del oso rozando su cuerpo desnudo, y escuchaba al oso balbucear... quien, moviendo la cabeza hacia los lados, se mostraba orgulloso y parecía agradecerle tantos años de alimentarlo y cuidarlo con tanto amor.

Luego de liberarse de su dulce carga, el oso bajó las escaleras y arrastró los dos cuerpos a la vez... lanzándolos río abajo, donde unos cocodrilos celebrarían un gran banquete.

¡Nadie, jamás, se atrevería a posar sus manos en aquella cabaña!

Y así, la hermosa abuelita y su pequeña nieta continuaron su vida de ensueño, divirtiéndose y bañándose en un lago que se formaba a la orilla del río.

La cabaña y sus alrededores eran un lugar muy seguro, donde, si deseaban, podían despojarse de sus ropas y pasarlo maravillosamente, sin pena alguna de ser atacadas... pues siempre estaban bajo la protección de su fiel guardián.

En esta oportunidad, no hay príncipe azul, aunque está en la mente del escritor. ¡Ja, ja, ja!

Enrique Nieto Rubio


Derechos de autor.

Colabora en imágenes.

 Silvia Regina Cossio Cámara.

**El Grillo y la cucaracha. (cuento).

Un día aquí, en La Línea, un 9 de agosto, hacía un calor infernal; de pronto se levantó un vendaval tremendo, los árboles parecían desmontarse, sus hojas volaban fuertemente, el polvo se levantó y casi parecía de noche.


Cuando eran las cinco de la tarde, todo se veía nublado y el aire sucio se lo llevaba todo; así, a la media hora, todo se aplacó y como si nada.

El sol seguía machacando a todo cuanto había en la calle. Kilómetros más allá, una pobre cucaracha quedó embarrancada entre arena y piedras, sin apenas vegetación.

Allí, solita y con un par de piernas rotas, se veía morir. Poco más adelante pasó lo mismo con un cantarín grillo, que por su mala suerte se lo llevó el vendaval también.

El grillo desconcertado consiguió sacudirse la arena que envolvía todo su cuerpo.
¡Ufff! Parecía que era el fin del mundo.

Menos mal que, cuando me llevaba el viento, conseguí meterme en un tapón de botella; que si no, no las cuento... pensaba para sus adentros el grillo.

Así comenzó a andar este grillo, buscando un sitio donde resguardarse de la calor. 

Divisó a lo lejos una pequeña roca y algunas ramillas, así que hacia allá fue.

 Cuando llegó, vio una cucaracha malherida.

La cucaracha le gritó:
¡Socorro! ¿Me puedes ayudar? ¡Estoy herida y no puedo caminar!

Era una dulce y preciosa cucaracha joven. Así el grillo, que era todo un galán, le dijo:
¡No te preocupes, te ayudaré! ¿Sí?
La tomó en brazos y se la llevó a un rincón que había en la roca... un agujero como un puño le vino, maravillosamente, a los dos.

Se presentaron y se contaron todo lo que les había pasado, pues los dos venían del mismo sitio; pero que no sabían dónde estaban... suponían que en el fin del mundo.

El señor grillo cogió de su frac unas tiras y con unos palitos vendó las patitas de esa linda cucaracha.

Cuando llegó la noche, la temperatura cayó bajo cero. El grillo se acurrucó con la cucaracha que entró en fiebre y temblaba mucho.

La abrazó y, rascando con sus patitas traseras, consiguió enterrarse en la arena que estaba calentita... Así pasaron la noche.

Al día siguiente, el señor Grillo salió a ver qué podía encontrar de comer. Poco más adelante vio un matorral de fresas salvajes, y los ojillos se le encharcaron de lágrimas.

Al ver el hermoso arbusto, cogió una de las frutas y volvió con la cucaracha que no se podía ni mover.

¡Hola, buenos días, ¿cómo estás esta mañana!
¡¡Gracias a ti, amigo, estoy mucho mejor!!
¡Tienes hambre!
¡¡Oh sí, mucha, estoy casi desmayada!!
¡Pues mira lo que traigo!
¡¡Fresas, oh, qué ricas!!

Así, muy contentos, ambos desayunaron y se quedaron muy a gusto. El señor grillo sacó su violín... pero antes le preguntó a la cucaracha:
¡Te gusta la música!
¡¡Sí, mucho!!

El grillo comenzó a tocar su violín y le dio una serenata muy buena. A media tarde subió mucho más la temperatura; y quedaron en su agujero para dormir la siesta... así hasta la noche.

Cuando despertaron, aún era de noche, por lo que el señor grillo continuó tocando unas baladas maravillosas, y ella muy atenta veía cómo ese grillo... era todo lo que anhelaba en este mundo, ¡no le importaba nada más!

Así se tiraron muchos días, hasta que ella ya estaba recuperada del todo.

Juntos se la pasaban fenomenal, pues jugaban y se revolcaban por las arenas aquellas... riendo y abrazándose, que de pronto llegó el amor.

Sí, era un amor de esos que uno es para el otro y el otro para uno. Dos amores en uno, sin prejuicios ni temores.

Con el transcurrir del tiempo, tuvieron muchos cucagrillos... muy preciosos de verdad.

Todos heredaron el gusto de papá Grillo con el violín, formaron una orquesta maravillosa y, por las noches, bajo el manto del cielo estrellado... 

Juntos entonaban hermosas melodías... que con sus lindas notas, atraían a los vecinos de todos los sitios aledaños, quienes les dieron la bienvenida a su nuevo hogar.

- Fin -

Enrique Nieto Rubio

Derechos de autor







**Carta de un adiós.

Encabezados y despedidas de cartas Correspondencia personal

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Carta de un adiós, de Enricostro.

Hoy me levanté triste, después de una pequeña discusión contigo.

Ya sé que tienes que marcharte, pues el otoño está por entrar.

Solo me diste un mes de amor y felicidad. Me prometiste tres meses, este año pasado.

Pero ya veo que no fue así. Y hoy ya temprano te encuentro vestida, asomada a la ventana con tu cafecito en la mano y el bolso sobre la mesa.

Unnnn... me escondo, con lágrimas en los ojos. No quiero que me veas llorar.

Hoy es el fin de todo un año de esperar. Y tampoco ha sido un buen mes de amores y pasión, ¿verdad?

Sí, o me sospecho que tu amor ya se enfrió; lo noté en ese primer beso que tuvimos en el encuentro, en la estación. Algo me dijo que ya no eras tú, pues cuando te besé. Miraste hacia atrás. Como que algo dejabas en tu caminar.

Días fríos, noches de desamor, de pasiones y desplantes con mucha discreción. Y esa preciosa sonrisa tuya, que este verano no la vi yo.

Pero no me dices nada, tú no quieres decir nada. Pero yo en tu mirada, mi amor, sé que ya no estás.

Cuántos rumores yo escuché, que ni caso ni nada, esperando me quedé, "que tú me quisieras contar" esas cosas que te pasan, que son lágrimas, no más.

Más, cuando te hayas ido, te mandaré esta postal, con todo lo aquí expuesto. Por si decides regresar.

Cosa que dudo, pues no ha habido ni amor ni felicidad.

Más no encontré tu cuerpo, en este mes, no más; tus pasiones eran muertas, tus besos secos, no más.

Sé que no volverás; me lo dice el corazón. Y tu cobardía y la mía no nos dejarán aclarar esos rumores fallidos o reales, ¿qué más da?

Solo te pido, mujer, una cosa nada más, que si no quisieras volver, que sea por otra felicidad. Mucho más grande que la nuestra, y que me sepas explicar, con palabras por escrito, ya que de frente nada de nada.

Adiós, cielo mío, adiós, que seas feliz, pues si no quieres regresar.

Si algún día te sientes infeliz, Recuerda que aquí está tu hogar, por si te quieres venir.

Te deseo bendiciones, amiga, que yo sabré esperar.

Sé que tienes una niñita... Que ni es mía ni nada. Pero no te guardo rencor, ya lo sabía. El mismo día que nació, pues mi hermano fue el doctor. Que en aquel hospital te asistió.

Aunque he contado los meses, y mía seguro que es, pues estuviste conmigo todo ese mes. Pues sí, son nueve meses y no me falla la razón. Contando desde ese mes... me salé justo, digo yo.

Que no lo quieres reconocer, eso no importará, pero si ella necesita algo... mía o no... aquí está su papá.

Más no le faltará de nada, si tú lo quieres aceptar.

Enrique Nieto Rubio.

Derechos reservados de autor.

m.dc.doyp.y.oo.98.