miércoles, 16 de enero de 2013

**Dentro del espejo. (relatos)




Alfonso, un joven excepcional, y Carmina, una chica hermosa, se conocieron desde muy pequeños; él de ella se enamoró y ella de él.

 Cuando cumplió sus quince años, Alfonso sus sentimientos le confesó. Ella, quien también por él se sentía atraída, feliz aceptó. 

Transcurrieron dos años y, como en toda relación, tenían sus altas y sus bajas; sin embargo, Alfonso era quien, en los malos momentos, consentía todo cuanto la joven deseaba, pues la amaba con devoción.

Una mañana lluviosa, Alfonso decidió visitarla para confrontarla, pues últimamente notaba a Carmina distante y muchas veces abstraída en sus pensamientos.

La chica lo recibió en el salón principal de su casa; y cuando Alfonso le cuestionó el porqué de su forma de actuar, Carmina le expresó que deseaba terminar con la relación. El chico, como siempre, trató de calmar los ánimos; no obstante, mientras discutían acaloradamente, ella le dijo:
-¡Lo siento! No puedo y mucho menos quiero continuar contigo, pues ya no te quiero... pues me he enamorado de Juan. 

Alfonso sintió que bajo sus pies el mundo se le abría, pues Carmina era todo para él... Sin ella, hasta el aire arduo trabajo sería respirar. 

El chico trató de calmarla, expresándole que tal vez solamente estaba confundida; más Carmina lo invitó a salir de su casa... propinándole un fuerte empujón, y con muy malos modos.
-¡Carmina! ¡No puedo creer lo que me estás diciendo! ¿Por otro me dejarás?
¡Sí... por otro te dejaré, que es un chico mucho más guapo que tú!
-Pues bien, haz de tu vida lo que quieras; por mi parte, de este lugar me largaré, pues en el ambiente, angustia y soledad es lo que se percibe. ¡Maldita seas!

Carmina, en respuesta, con otro empujón hacia la calle, lo lanzó; y Alfonso, al volverse hacia ella, se vio frente a un espejo inmenso, que había en el salón, y vociferó:
-Mírate en ese espejo... eres igual a él, fría y vacía por dentro. ¡Desearía que por siempre te quedes allí!

Girando en torno de sí, Alfonso a la calle se dirigió, sin percatarse de que en ese mismo instante un brazo larguísimo del espejo salió... y de un solo jalón, a través del cristal, a Carmina dentro la metió. 


Al siguiente día, cuando la empleada doméstica de Carmina notó que Carmina no había llegado a dormir, inmediatamente a la jefatura de policía se dirigió; y el caso fue tomado muy en serio y de forma inmediata. 

Le cuestionaron a la empleada, sí, quizás el caso podría tratarse de una adolescente, quien con sus amigos de fin de semana partió; mas ella respondió que no existía esa posibilidad.

Los agentes se dirigieron a la casa para comenzar con la investigación; y constataron que todas las pertenencias de la joven, así como su vehículo, estaban en el lugar; señal inequívoca de que realmente Carmina había desaparecido.

La empleada también informó a los agentes que el principal sospechoso era Alfonso, pues su patrona le había comentado... de su deseo por concluir la relación; y que ella, un día antes, los había escuchado discutiendo muy alterados.

Los investigadores le expresaron a la empleada que ese no era un motivo válido por el cual levantar semejante acusación.

Sin embargo, la mujer molesta agregó:
-¡Estoy segura de que Alfonso está relacionado con la desaparición de mi patrona, porque usualmente ellos tomaban el desayuno juntos! Y mucho más extraño aún; era el hecho de que él, ¡no había llamado tan siquiera vía telefónica, para informar que no se presentaría!

Después de escuchar que el chico estaba actuando de forma irregular, los investigadores temieron lo peor.

Inmediatamente, se designó a un grupo de oficiales, y rumbo a la casa de Alfonso enfilaron, pues habían establecido que también el chico fue el último que con vida la vio.

Cuando lo interrogaron, el joven confesó que ese mismo día habían terminado con su relación; y con vergüenza, relató con detalles todo cuanto sucedió...

Alfonso, en su defensa, únicamente dijo que, sin importar qué tan alterado él pudiese estar... él jamás atentaría contra la vida de un ser humano; y mucho menos con Carmina, pues la amaba de verdad.

No obstante, la policía no le creyó; y procedieron a detenerlo en ese mismo instante. 

Pasados unos meses, fue llevado a juicio; Alfonso negó tener responsabilidad alguna en la desaparición de la chica... mas, sin importar que no contaban con evidencias sólidas de su culpabilidad, igual fue condenado a quince años de prisión.

La madre de Alfonso apeló la sentencia; mientras su hijo la pasaba muy mal en la cárcel.


Cuando se llevó a cabo el nuevo juicio, el juez dictaminó que, en base a los testimonios, únicamente cinco años de la sentencia rebajaría; pues reconocía que el chico, desde su primera interrogación, había aceptado que ambos se habían enfrentado de forma inapropiada.


Los padres del chico quedaron devastados... pues toda esperanza de ayudar a su hijo había desaparecido.

El tiempo transcurrió y Alfonso por fin su condena terminó. Salió en libertad una mañana de otoño, sintiendo que el frío calaba hasta sus huesos. 

Esta era la época predilecta del joven; sin embargo, todo lucía oscuro y tenebroso; el ambiente estaba cubierto por una densa niebla y con una suave llovizna... las cuales parecían lágrimas en el viento.

Se encaminó a su hogar, y en el trayecto imposible sería no ver la casa de Carmina; cuando llegó, alzó la mirada y observó que se encontraba abandonada, con un letrero en el cual se anunciaba que estaba a la venta.

Cuando el chico ingresó a casa de sus padres, estos lo recibieron con mucha alegría, pues sabían que su hijo era inocente de la desaparición de Carmina.

Luego de prepararle al chico sus platillos predilectos y de conversar toda la tarde, el chico no se pudo contener y, estando a solas con su madre, le preguntó:

-¿Nunca más escucharon nada al respecto de Carmina?
No, hijo, jamás tuvimos más noticias de ella. La casa se puso a la venta hace algunos años; muchas personas mostraron interés, pero luego de visitarla, todas salían huyendo... como si estuviera maldita. 

-Mamá, yo deseo comprar esa casa con mis ahorros.
¡Hijo! ¡Cómo puedes desear obtener esa casa! ¿No has sufrido ya suficiente?
-Sí, mamá, pero eso es lo que mi corazón deseó al momento de pasar por el lugar.
Alfonso, por favor, aléjate de todo lo relacionado con Carmina. ¡Olvídala ya! 


Alfonso por un instante dudó... pero luego enfático exclamó:
-¡Lo siento, mamá! No puedo olvidarle; pues a pesar de que he sufrido por años encerrado, no logro dejar de pensar en ella. Ni yo mismo me explico qué es lo que me sucede. 

El padre del chico, que algo alcanzó a escuchar, intervino tratando de convencerlo para que cambiara de opinión... pero con los mismos fallidos resultados.

La madre, por último, a su hijo, advirtió:
¡La compra de esa casa será tu perdición!

Alfonso estaba determinado; así pues, contactó a la inmobiliaria que tenía a cargo la venta de la casa; y después de realizar los trámites necesarios, el chico su objetivo consiguió. 

La casa era muy grande, con dos plantas, y por fuera era singular, pues tenía dos ventanas... en forma de ojos de gato. 


Cuando ingresó, observó que todo estaba tal cual la última vez que visitó el lugar. Todos los recuerdos de su bella relación con la chica se hicieron presentes.

Alfonso comenzó a correr por toda la casa, preguntándose: --¿Qué fue lo que pasó?". 
-¿Dónde se encontrará mi dulce Carmina? 

Llegó al dormitorio y se sentó en el borde de la cama... y de pronto le pareció escuchar un llanto... muy tenue y bajito; por lo que se extrañó... más luego pensó que sería el maullar de un pequeño gato, o un niño en la calle. 

Acto seguido, y ayudado con la luz de su linterna, bajó las escaleras, pues la casa en ese momento no contaba con servicio de luz eléctrica. 

Revisó la planta inferior y nada encontró; a tiempo que iba pensando en todas las reformas que tendría que hacer, para que la casa luciera como él deseaba.
Alfonso se dirigió a casa de sus padres, informándoles que había determinado irse a vivir a su nueva casa. 


Los padres se sorprendieron, pues para ellos era demasiado pronto, ya que apenas habían vuelto a recuperar a su pequeño; mas el chico estaba determinado, así que aceptaron su decisión.

Alfonso lo tenía muy claro, decidió llevarse todas sus pertenencias de la casa de sus padres; ellos, tristes y con lágrimas en los ojos, lo despidieron... mas este los reconfortó diciendo:
¡Vamos, mis viejitos amados! Mi casa prácticamente está enfrente de esta; por lo tanto, nos veremos en cualquier momento. 

Alfonso, tan pronto como llegó a su casa, se puso a trabajar; más tarde, en un sillón del salón principal, se dispuso a descansar... Cuando, una vez más, escuchó un llanto lastimero y lejano; por lo que se dirigió a una de las ventanas, pero no vislumbró o escuchó nada. 

¡Qué raro! Para sus adentros pensó.

A los pocos minutos, de nuevo escuchó el lamento casi imperceptible; pero era muy claro... Posó su mirada en distintas direcciones, mas no descubrió su procedencia.

Por el tiempo que había transcurrido encerrado, pensó que quizás todo estaba en su mente, así que decidió escuchar música, y de esta forma amortiguar los leves quejidos. 


Luego se dirigió a la cocina para preparar un aperitivo, y se sentó en su sillón, dispuesto a ver un programa de televisión.

Transcurrieron algunas horas, y el chico decidió irse a descansar; y lo hizo en la cama que en vida le pertenecía a Carmina, sintiendo que de esta forma estaba un poquito cerca de ella... pues la seguía amando con la misma devoción de siempre. 

Sobre las doce de la noche, volvió a escuchar el llanto, pero con el silencio de la noche, el sonido se percibía mucho más fuerte. 

Alfonso, con el corazón encogido y bastante asustado, bajó las escaleras... y al pisar el salón principal, vislumbró un reflejo tenue, que provenía del espejo... Encendió la luz y, acercándose a este, observó que aparentemente en un rincón divisó como una muñeca.

Él miró para atrás, para constatar que no había ninguna muñeca. Y no había nada que creara dicha ilusión. Se acercó nuevamente y miró con mayor atención... la muñeca en el interior del espejo parecía ser Carmina. 

-¿Carmina? ¿Eres tú? 

La chica, que parecía una muñeca chiquitita, respondió:
¡Sí, soy yo! Por favor, sácame de aquí.
-Pero... ¿Qué haces ahí ? ¿Cómo has entrado?
¿Te acuerdas del día que nos peleamos?
¡Sí, me acuerdo perfectamente! ¿Cómo olvidarlo?
Pues entonces, recordarás que me dijiste que me viera sola como ese espejo. . Acto seguido, el espejo, tal cual si tomara vida, de un fuerte impulso dentro de él, me metió.
- ¡Lo siento inmensamente!
¡Jamás fue mi intención hacerte daño! Tú me dijiste que ya no me querías... Yo me sentía abatido y dolido, y solamente me referí a que te quedaras sola en esta casa, que muchas veces, tan incómodo, me hacías sentir.

Carmina, sin levantar el rostro, expresó:
¡Sí! Yo también recuerdo lo que dije; fui muy tonta... pero ahora es muy distinto. Desde que he vivido sola y encerrada, no he dejado de pensar en ti.
-No tengo palabras que puedan expresarte cuánto lamento el haberte hecho daño; más si de algo sirve, debes saber que yo también la he pasado muy mal... y estos últimos años, encerrado en la cárcel, estuve, pues me culparon de tu desaparición. 

Carmina también se lamentó de lo sucedido... diciendo que ambos eran culpables de la terrible pesadilla que habían tenido que vivir. 

Después de un breve silencio, Alfonso recapacitó:
¡Ohhh, Dios! ¿Ahora cómo te saco de ahí?
No puedo romper el espejo, porque si lo hago, tú con él podrías desaparecer. ¡No sé qué hacer!

Yo tampoco sé lo que puedes hacer... más lo debes descubrir; porque llevo muchos años sola, y creo que terminaré por perder la razón.

-No te preocupes, mi amor... Buscaré en libros de hechizos y brujerías; aunque esto parezca increíble, sé que en la biblioteca deben tener disponibilidad de información que pueda servirnos de ayuda.

¡Ayyy! ¡Pero no tardes, por favor! De verdad, ¡no soporto más este lugar!


Él la tranquilizó, prometiéndole que se tardaría solamente el tiempo que fuese necesario para encontrar la forma de sacarla, sin exponerla a una mayor desgracia. 

Pronto amaneció, y el joven a la biblioteca se dirigió; solicitó le proporcionaran los libros antiguos, en todo lo concerniente a maleficios... El encargado del lugar, al enterarse de su triste historia, le recomendó consultar a un brujo, quien tenía fama de ser muy bueno en este tipo de situaciones.

Alfonso enseguida lo contactó vía telefónica, comentándole la tragedia que estaba viviendo.

El brujo. Parecía ser un hombre muy amable, quien le dijo que vivía en un pequeño pueblecito; más para su caso, lo mejor sería que él los visitara... Para así no empeorar la situación, agregando que no les cobraría nada, pues para él esta historia era alucinante.
El hombre que apenas podía creer en el relato de Alfonso... parecía un cuento de fantasía y deseaba verlos por sus propios ojos; así pues, enseguida marchó, y dos horas más tarde, frente a la casa llegó. 

Tocó el timbre. Y rápidamente el chico abrió, invitándolo al lugar donde se encontraba el espejo. El hombre miraba en el interior, pero no lograba ver nada.

Alfonso le dijo:
-¡Sí! ¡Allí está! Observa cuidadosamente en aquel rincón.
¡Madre mía! ¡Es cierto! Es una pequeña niña,
-Bueno, no es una niña... Pero sí, es una chica y mi novia también.
¡Joder, creía que era cuento! Madre mía, qué gordo es este lío.

El brujo dijo que tenían que tomar las cosas con calma, y estuvo leyendo los libros que el chico había llevado de la biblioteca; probó con todos los conjuros que creyó podrían servir... pero nada parecía funcionar.
Ya cansado el brujo, preguntó al chico:
Dime, exactamente, las palabras con las cuales realizaste la maldición.
-¡No recuerdo bien! Lo siento.

Carmina interrumpió, diciendo:
-Yo sí me acuerdo perfectamente, pues llevo muchos años pensando en ello.

El brujo ansioso preguntó:
-¿Qué esperas, niña? Habla de una vez, para que podamos liberarte.

Carmina, sin equivocarse, expresó exactamente las palabras de Alfonso; luego el brujo le pidió al chico que repitiera lo mismo, pero deseando lo contrario.

O sea que recitaría las mismas palabras, solo que esta vez deseando que Carmina siempre fuese libre y viviera feliz dentro o fuera de la casa; y después de ello, Alfonso tendría que romper el espejo con una bola de cristal que el brujo le entregó. 
-¡Qué fácil! Exclamó el chico, lleno de felicidad. El brujo le advirtió que no era tan sencillo, pues no podía fallar en el primer intento; pues si no lograba que la chica saliera del espejo... la perdería para siempre.

Después, frente al espejo, se colocó, recitando la maldición que años antes lanzara a su amada; y luego, con todas sus fuerzas, estrelló la bola de cristal contra el espejo, el cual se partió en un millón de partículas... las cuales volaron por todo el salón, quedando así solamente el marco de madera.

Cuando el chico sintió que todos los cristales habían caído al suelo, sus ojos abrió y no vio a su Carmina. Infeliz se echó las manos a la cabeza, perdiendo el control; lloraba y gritaba:
-¡No ha dado resultado!
¡La he perdido para siempre!

El brujo descubrió que en el fondo del espejo había quedado grabado un paisaje de desolación... lugar en el que la chica había estado vagando durante su cautiverio.

Alfonso, al escuchar esto, terminó por desplomarse... pues había condenado a su amada a vivir perpetuamente en ese lugar tan sombrío; mas de pronto, a sus espaldas, volvió a escuchar el llanto de la chica, y al voltear... en un rincón estaba Carmina sollozando.

Él a su lado corrió; el sentimiento que le embargaba era de plena felicidad, pero igual un poco preocupado se sentía, pues temía haberla lastimado.

-Mi amor... ¿Te encuentras bien?
Carmina se abrazó a Alfonso, agradeciéndole por librarla de tan terrible encierro. 



La chica, con sus manos, el rostro de Alfonso acercó, cubriéndolo de infinitos besos.

Agradecieron al brujo por el empeño y trabajo realizado, y este a su vez agradeció la oportunidad brindada, pues a lo largo de su vida, a muchos había ayudado rompiendo maldiciones. Sin embargo, nunca un caso como el de ellos había presenciado... y ahora a su casa partía, un poco más sabio.

Les compartió que lo más triste de su trabajo era observar que, en momentos de arrebato, las personas, a través de sus palabras, causaban grandes tragedias como las de ellos... Pero que existían infinidad de personas más, quienes por su falta de control... infligen a los suyos, día con día, heridas en el alma... que nadie puede sanar o remediar.
Los jóvenes se sintieron infinitamente bendecidos por la suerte con la que contaron, y nunca más sus vidas separaron... acordando que jamás volverían a comentar del infortunio que vivieron a causa de su insensatez.

El marco del espejo era hermoso, por lo que decidieron adquirir una hermosa pintura en óleo, la cual juntos colocaron en el salón principal.

Este cuadro les serviría de recordatorio, para nunca volver a faltarse el respeto o maldecir... pues aprendieron que toda palabra dicha tiene el poder de construir o destruir.

El fin de esta historia es que, curiosamente, la chica descubrió que ella lucía tan joven... exactamente, como el día en que su historia de horror comenzó.


- Fin -



<Moraleja>
Elige siempre bendecir, en lugar de maldecir... Pues sabio es quien cuida las palabras que salen de su boca, protegiendo así su vida y la de los suyos... Pero el ligero de palabras, cultivando, está el camino hacia su ruina.

Aquel que conoce el poder de la palabra, presta mucha atención a su conversación. Vigila las reacciones causadas por sus palabras, pues sabe que ellas no retornarán al mismo punto sin haber causado su efecto.
*Florence Scovel Shinn*
Enrique Nieto Rubio,
Derechos reservados de autor.
Colabora en imágenes.
 Silvia Regina Cossio Cámara.

V.DV.D0II.98.

viernes, 4 de enero de 2013

**Como puedo alcanzarte.









¿Cómo puede alcanzarte?
¿A ti... mi caminar? 
Sí, por más que yo ando,
 Nunca te puedo encontrar. 
Sí, dime, ¿cómo puede alcanzarte?
 En mi pensar, 
Sí, cada vez que te pienso,
 Se me nubla tu mirar.
Dime cómo puedo en ti... ¿no pensar? 
Si tan solo ansío mis labios en ti posar. 
Dime... ¿qué hago con este palpitar? 
Sí, cuando te beso,
 Tus labios me saben a sal.
¿Dime qué hago con este sentimiento? 
Sí, cuando te miro,
 Tú no me permites ver. 
¿Dime qué hago?
 ¿Con este loco y necio corazón? 
Sí, cuando te tocó.
 No te puedo sentir.




Dime entonces...
¿Cómo puedo alcanzarte? 
Sí, en mis sueños, ¿qué gobierno?
 Porque míos son. 
Tampoco puedo sentirte en mí...
Porque imposible es. 


Dime, si percibo todo.
 Y nada sientes por mí... 
¿Por qué yo siento?
 Que me muero por ti. 
Porque yo te amo.
 Y significas mucho para mí. 
Y mi corazón sangra lágrimas.
 ¿Cuándo pienso en ti?
¿Cómo puedo alcanzarte yo?
 ¿Sí tan pequeño tú me ves? 
Que como un granito de arena, 
Se esconde debajo de tus pies... 
Y en ellos me agarró.
 Intentando en tus uñas,
 Poderme sostener.


¿Por qué mientras te miro sonríes?
 Pero al final, ¿nada quieres tener? 

¿Por qué dices que me quieres? 
Pero cuando lo intento,
 ¿Nada quieres hacer? 
¡Porque yo... sí te miro, te siento!
 Me muero por tu ser y tu querer. 

¿Cómo puedo alcanzarte?
 Si eres mujer,
 ¿Como una muñeca de papel? 
Desearía contar con el poder.
 de un mágico rayito de luz;  
Para tener el poder,
 de volverte a la vida,
 Y conmigo seas feliz.
Tal cual hizo Geppetto con Pinocho;
 Lo revistió con vida, amor y hermosura. 
Haciendo de él un niño dichoso y pleno;
 Para juntos mil aventuras correr.
Enrique Nieto Rubio 
*Derechos reservados*
Colabora en imágenes.
 Silvia Regina Cossio Cámara.

viernes, 14 de diciembre de 2012

**Pichoncito. cuentos.

Érase una vez que en una pequeña comunidad vivía un niño muy singular porque era extremadamente chiquitito, a quien llamaban Pichoncito.
Un día su mamá le dijo: "¿Pichoncito, podrías ir a comprarme una carterilla de azafrán?"
Pichoncito respondió: ¡Claro que sí! Con gusto iré, mamá.

Marchó Pichoncito por el camino hacia el pueblo, y ya en la tienda dijo:
-Señor tendero, por favor... ¡Deme una carterilla de azafrán!
Pero este, como había mucha gente, no le oía.
-Señor tendero, óigame... por favor... ¡Deme una carterilla de azafrán!
Y el tendero, nada que no le respondía, hasta que la tienda estaba vacía.
Pichoncito insistió: Señor tendero, por favor... ¡Deme una carterilla de azafrán!
¡Ahhh! ¡Eres tú, pichoncito!
¡Vaya, hombre, por fin, llevo toda la tarde esperando!
¡Ahhh! ¡Perdona, es que no te había oído! Bueno, ¿qué quieres?
¡Una carterilla de azafrán!
Está bien... aquí tienes.
¡Jo, por fin!... ¡Ya era hora... pues se ha hecho de noche!
¡Vaya con el tendero!



Ya en el camino empezó a llover, y a llover. ¡Auchh! Exclamó Pichoncito... ¡Lo que me faltaba!
Se puso la carterilla encima de la cabeza para no mojarse, pero la carterilla de azafrán se mojó, hasta que se le rompió: Entonces Pichoncito se metió debajo de una col cuando pasaba por un huerto, pero un buey que pastaba por allí se comió la col con Pichoncito dentro.
La madre de Pichoncito, muy preocupada porque el niño no llegaba; ya tarde por la noche, cuando su marido llegó, le contó lo ocurrido.
Esposo mío, estoy consternada, porque he mandado a Pichoncito de compras esta tarde... y esta es la hora en que no ha llegado.
El marido le dijo: Vamos a buscarlo inmediatamente; nos dividiremos, tú irás por este camino y yo por aquel.
Así lo hicieron... y por todo su recorrido la madre y el padre exclamaban a viva voz:
Pichoncito, ¿dónde estás?
Caminaron por un buen rato repitiendo una y otra vez su angustioso llamado... En una de esas, cuando la madre gritaba su nombre cerca del buey:
Pichoncito, ¿dónde estasss?
El pequeño escuchó... Y en la barriga del buey se vio un movimiento... Sin embargo, Pichoncito estaba confortable en la barriga del buey, donde no nevaba y mucho menos llovía.
La mamá, que se percató de lo que sucedía, llamó a su marido, quien apresurado corrió al lugar de donde provenía el llamado de su esposa. Al llegar, la mujer le dijo:
Esposo mío, pichoncito está aquí dentro, en la barriga del buey... ¿Qué haremos para sacarlo?
El padre respondió: En la casa tengo habichuelas y aceite de ricino, las cuales le daremos de comer hasta la saciedad.

Los padres tomaron al buey y se dirigieron a casa, le dieron de comer tal cual lo habían acordado y acto seguido le colocaron un tapón grande en el trasero... y cuando el pobre animal tenía los ojos saltones, se dispusieron a retirárselo... e inmediatamente se tiró un gran pedo, y con él salió pichoncito lleno de estiércol diciendo:
Joder, qué peste, ¿para qué han hecho esto? ¡Con lo calentito que yo estaba!
Los padres lo levantaron, bañaron y luego lo arroparon, hasta que el pequeño se quedó dormido.
Colorín, colorado, este cuento ha terminado.

-Fin-

Enrique Nieto Rubio
*Derechos reservados*
ID.IJ.DOID.M.CO.98
Colabora en imágenes.
Silvia Regina Cossio Cámara.