viernes, 8 de febrero de 2013

**La vida de Syntiá.



 
 

 En Inglaterra, allá por los años 30, en una mansión inmensa, vivía una linda chica llamada Syntiá Bragúe.



Tenía por entonces dieciséis años; ella era hermosa, esbelta y con unos cabellos rojizos y piel blanca como la leche. Vivía en esta mansión con sus abuelos, adinerados, gentes de la realeza.

Syntiá era muy soñadora, fantaseaba con todo lo que veía; sus abuelos, dedicados a los negocios y a las relaciones con grandes personajes, tenían poco tiempo para dedicarle a la princesita del palacio.

 Por lo tanto, ella estaba libre de obligaciones, aparte, claro, de las doncellas que la cuidaban en cada instante... sobre todo sus profesores, que cada día la atosigaban con toda clase de estudios.

Pero su pasión eran las clases de música. Syntiá era muy romántica y sensible, y el arpa la volvía loca; a cualquier hora cogía su instrumento y se iba cerca de los abuelos para atormentarlos, haciéndose notar de esta forma.
Su abuelo, de estos de grandes bigotes y con su pipa siempre encendida, decía:
¡Esta niña nos va a volver locos!

Syntiá gritaba, asomándose por un gran balcón interior que tenía la mansión: "¿Quieres dejar de tocar?". ¡Me estás volviendo loco! ¿Acaso no es bastante grande el palacio para ti? Anda, sal fuera y que te dé el aire. Niña loca… balbuceaba en voz baja.

Syntiá marchó al jardín y allí había esta isleta con techados, de las cuales las dedicaban para sus romanticismos o tomar el té.

Allí sentada, en el centro, tocaba Beethoven o Juan Sebastián Bach. A ella le daba lo mismo, pero era un cielo haciéndolo; iluminaba y le daba vida a todo el jardín y el palacio.

La primavera fue maravillosa; llegó el verano con visitas de todas clases: familiares, amigos… De todo, fue un verano estupendo también.

Pero llegó el invierno, un invierno crudo y tosco; las nieves desbordaban todo palacio, los carruajes apenas si se podían conducir.

Syntiá se aburría mucho, estaba en una edad difícil y sus fantasías eran cada vez más intensas.

Syntiá soñaba muchísimo con el rostro de un cuadro que colgaba en uno de los grandes salones; era de un chico bien parecido, guapo y con una mirada que te seguía a todos lados… y terminaba dejando eclipsado a cualquiera.

Era la foto de un primo lejano, que al parecer murió en las montañas de nieve que por encima de ellos existían.

Syntiá parecía estar loca, nunca estaba quieta; los profesores la regañaban, los abuelos también, hasta su institutriz lo hacía.

Una mañana, en su tormento, la chica se metió en su dormitorio y no paró de llorar en todo el día. No bajo a almorzar ni a cenar. Los abuelos estaban preocupados por la niña.

La abuela por la noche decidió aporrear la puerta del dormitorio preguntando:
¡Sintió, hija mía! ¿Estás bien? ¡Ábreme, cielo, te lo suplico!
Sintió bajo las súplicas de la abuela, abrió la puerta… y la anciana le preguntó:
¿Qué te pasa, cielo mío?
Abuela, me siento triste y sola, no sé qué me pasa… ¡Todo lo hago mal!

¡Ya, mi niña, no te preocupes! Todo pasará; es este invierno tan duro y pronto marcharás a Londres e irás a una academia que te gustará.

Ese es un bello lugar, y allí conocerás muchísimas personas de tu edad, y entonces verás cómo todo te cambiará.
¡Gracias, abuela! Tú sí que me comprendes.

Después de colmarla con besos y caricias, le preguntó si deseaba comer algo.
¡Sí, abuelita! Después de conversar contigo, se me ha abierto el apetito.
¡Vale! Le diré a la chacha que te suba algo de comer, ¿sí?
¡Gracias, abuela! Te quiero mucho.

Mientras le traían la cena, Syntiá se dirigió a su armario y se puso uno de sus vestidos de fiesta; era blanco, con mucho vuelo y escotado, con un collar de perlas, y mientras se observaba sentada frente al espejo… tocaron a la puerta con los nudillos.


¿Sí? ¡Pasa adelante!
Te traigo la cena, exclamó la chacha.
¡Gracias! ¿Me puedes ayudar a hacerme el moño? ¡Yo sola no puedo!
¡Pero, mi niña! ¿A dónde vas tan guapísima?
¡Me voy a una fiesta!

La mujer no salía de su asombro, así que le respondió:
¿No me digas que es que tienes un admirador?
¡Sí, chacha, se llama Wuartes!
Creo que me suena ese nombre.
No sé, chacha, pero él me quiere mucho.

Mientras la chacha le hacía el moño, ella se maquillaba frente al espejo. La chacha sabía que no existía tal fiesta, pero guardaba silencio y la dejaría ir para no quitarle la ilusión.

Ya terminada de arreglar y vestir, quedó preciosa… lucía hermosa de verdad. Comió algo y al instante sus pensamientos cobraron vida.

Syntiá se dirigió hacia una de las puertas, imaginando que detrás se estaba llevando a cabo la fiesta.

La chacha, que curiosa era, se dispuso a espiarla un rato por la mirilla de la cerradura, pero cuál fue su sorpresa que cuando Syntiá abrió aquella puerta… vio con sus propios ojos la cantidad de personas que allí se encontraban, y todos estaban bailando. 

Se le cayó la baba al verlo y no lo podía creer; así que bajó las escaleras atónita sin encontrar explicación alguna.

Buscó a la abuela de la niña y le dijo:
Señora, ¿sabía usted que en el cuarto de invitados hay una fiesta tremenda?
La señora dijo: ¿Has bebido o qué?
Se lo juro, señora, lo he visto yo misma.
¡Venga! ¿Qué te pasa?
Si no me cree, venga usted a ver, señora.

Se dirigieron al salón de baile, y cuando abrieron la puerta no había tal fiesta o gente bailando… todo en completo silencio y normalidad.
¡Tú no estás bien! Termina de recoger todo y te vas a descansar.
¡Sí, señora! No entiendo qué sucedió, quizás estaré un poco destemplada… Y se marchó a dormir.

Mientras Syntiá andaba por en medio de todas las parejas que bailaban un vals, cuando de pronto se le acercó un joven príncipe, con exquisita vestimenta, con sus encajes alrededor de su solapa y sus mangas, cuellos dorados. Le preguntó:
¿Aceptarías bailar conmigo una pieza?

Syntiá lo miró; era guapísimo. Él la tomó de la mano y con la otra rodeó su pequeña cintura y empezaron a moverse. 

Ella se sentía como en una nube, quedando enamorada de ese chico; pues además de oler maravillosamente, ella cerró los ojos poniendo su cabeza sobre su pecho, y así pasó toda la noche maravillosamente.

Sobre las cuatro de la madrugada, Syntiá ya se notaba algo cansada… pero los brazos de su amado príncipe la sostenían hasta el amanecer.

A la mañana siguiente, Syntiá se encontraba dormida en un sillón… Cuando la despertó la chacha.

¡Syntiá, Syntiá, despierta, que ya son las diez!
¡Ay, chacha, déjame un poquito más!
¡No, niña!, que está el profesor, y te está esperando.
¡No, chacha, que estoy muy cansada!
¡Nada, niña! ¡Venga! A bañarte, que hueles mal.

La chacha le preparó, él bañó y desnudó a Syntiá, pues ella estaba cansadísima… La bañó, la vistió.

Bajaron a la planta y el profesor comenzó la clase… pero ella no atendía nada, los ojillos se le cerraban; el profesor, enojado, terminó dejándola. 

Fue con la abuela y le dijo:
¡Señora, me retiro! Pues Syntiá se duerme en la clase, y no atiende nada… es como si hubiera estado toda la noche de fiesta. ¡Hasta mañana! Y se marchó.

La abuela fue donde estaba Syntiá y la encontró, encogida en el sillón, y la anciana hizo un gesto con la mano diciendo:
¡Ya que descanse! Para ver este día de perros… qué más da.

Y allí, la dejó tranquilita, pues igual, el día era gris y medio oscuro, con unos nubarrones de aúpa, que parecía que se disponía a diluviar… Al cabo de un rato, de pronto empezó a llover intensamente… Definitivamente, era un día malísimo.

Al cabo de una hora despertó Syntiá… Se dirigió al jardín y se dijo: ¡Va a hacer un día precioso… mientras en la distancia contemplaba los hermosos árboles que se divisaban!

Vio cómo su joven príncipe levantaba la mano, la incitaba a reunirse con él. La chica también respondió con un gesto de mano… y salió corriendo a reunirse con su amado.
¡Hola, Wuartes! ¿Cómo estás?
¡Muy bien! ¿Y tú?
Me siento muy cansada de la fiesta de anoche.
 ¡Así! ¡Pues yo no!
¡Tú eres un hombre!
Quizás tengas razón. ¿Te gustaría pasear?
¡Sí, me encantaría!

Pasearon largo tiempo por los hermosos alrededores, pues hacía un día espléndido. Syntiá le preguntó:
¿Te gustaría ir de pícnic?
¡Sí me gustaría! Contigo hasta el fin de los días.
Bueno, si es así… espérame, que vuelvo enseguida.

Syntiá corrió hacia la casa y llegó a la cocina ordenando:
¡Chacha! Prepárame comida para dos, pues iré de pícnic.
Pero, mi niña, ¿cómo vas a ir de pícnic si está lloviendo a mares?

Syntiá volvió la cabeza hacia la ventana, y tan solo veía un sol radiante.

¡Anda, chacha! No seas tan negativa y fatalista.
Cogió la cesta y hasta que no se la llenó de comida no estuvo satisfecha.
Syntiá agradeció a la chacha y acto seguido salió corriendo.

Cuando encontró al príncipe, buscaron una sombrita debajo de un hermoso sauce, y allí comieron tan ricamente.

Después jugaron sobre una manta en el suelo, y se revolcaron jugando hasta encontrarse sus labios… Sus respiraciones se habían hecho cada vez más rápidas y se besaron muchísimo; y compartieron juntos toda la tarde.

Al atardecer, ella decidió volver a casa… Despidiéndose de él, le dijo:
¡Te quiero!
Y él le respondió que también la quería, y que agradecía por el delicioso festín que habían compartido.

Entró en casa y los abuelos estaban preocupados, pues con tan mal tiempo… cómo era posible que viniera de la calle.

¡Syntiá, hija! ¿Dónde andabas?
Abuela, me fui de pícnic.
¿De pícnic con toda la lluvia que está cayendo?
Syntiá no puso mayor atención al comentario y se marchó a su dormitorio.

Se dejó caer en la cama con mucha alegría pensando:
¡Qué feliz me siento! Mi príncipe es tan guapo que apenas puedo creerlo.
 
Como no tenía amigas en el lugar, tomó su diario y comenzó a escribir todo cuanto estaba viviendo… hasta quedarse casi dormida. 

Ya de madrugada, se abrió una puerta de enfrente de la cama, y con mucha luminosidad salió una chica, prima suya:
¡Syntiá, Syntiá!
Syntiá levantó la cabeza y le preguntó:
¿Qué quieres?
¿Te apetece una fiesta de pijamas?
¡Por supuesto que sí!

La chica se levantó y pasó a una habitación donde se encontraban varias chicas reunidas; jugaron por muchas horas en las camas, se hicieron cosquillas, se contaron sus aventuras, y cuando le tocó su oportunidad a Syntiá.

Ella contó que estaba muy enamorada de un chico guapísimo… y disfrutó de lo lindo toda la noche.

A la mañana siguiente la chacha fue al dormitorio, y al no ver a Syntiá se asustó muchísimo; abrió el ropero y allí estaba Syntiá durmiendo hecha un rollito.

La cogió en brazos y la recostó en su cama, y como era fin de semana, la dejó descansar un poco más, pensando para sus adentros que la niña se encontraba fatal.

Así, Syntiá vivía dos vidas paralelas, una de realidad y la otra que a todos parecía de fantasía.

La época de lluvia terminó, pero con ello dio inicio a la de frío. Una mañana, Syntiá se levantó y se dirigió al dormitorio de la abuela.
¡Hola, abuela! ¿Cómo estás?
¡Bien! ¿Cómo es que te levantas tan contenta, niña, si hay tanto frío?
Abuela, es que soy tan feliz, porque he conocido un chico guapísimo.


La abuela, para no deprimirla, le siguió la corriente… ¡Ah, sí! Me alegro mucho, hijita… pero cuéntame, ¿de dónde es?
¡Ay, abuelita! Ahora sí que me has pillado, porque no le he preguntado de dónde es.
¡Ya, niña! No tiene importancia. Anda, ayúdame a levantarme, ¿sí?
¡Sí, abuela, te quiero mucho!
¡Yo también, a ti, cielo mío!

Syntiá pasó el resto del año cultivando su relación con su novio.


Ya llegando diciembre, para la época de Navidad, Syntiá anunció que se casaría con su novio. Tal cual siempre todos hacían, de nuevo le siguieron la corriente… sin importarles incluso que la chica vistiera de novia.

El día de Navidad alguien llamó a la puerta, y cuando abrieron vieron a un cochero muy elegante, quien extendiendo su mano a Syntiá la invitaba a salir de la casa… Ella, sin dudarlo, subió a una bella carroza engalanada con adornos de oro y plata.

Los abuelos sorprendidos le dijeron:
¡Pero Syntiá, espéranos! No vas a ir sola, y se subieron los tres.

La carroza marchó hacia la Catedral… todo era como un sueño de hadas.

Cuando llegaron, los abuelos con sorpresa encontraron que la catedral estaba abarrotada de gente. Los ancianos no daban crédito a lo que veían con sus ojos.

Cuando se percataron de que todo era real, y conocieron al novio, quien era un guapísimo príncipe… quedaron alucinando.
Los jóvenes se juraron amor eterno y, después de finalizada la ceremonia, partieron para otra mansión donde celebraron un convite grandísimo para muchísimas personas… Todo fue espectacular.

A la mañana siguiente, la chacha despertó a los ancianos, diciéndoles que la chica no había regresado a dormir a casa… Los abuelos no entendían lo que sucedía, pues no podían recordar nada de la boda.

Buscaron por todos los alrededores y más allá, pero toda búsqueda fue infructuosa… pues nunca volvieron a saber nada de ella.
- Fin - 

Enrique Nieto Rubio
Derechos reservados
Colabora en imágenes.
 Silvia Regina Cossio Cámara.

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