miércoles, 27 de marzo de 2024

**En la posguerra.

 La fotografía de posguerra, psicología inmortal - Blog de Historia

En aquellos tiempos de pobreza absoluta, allá por el año 1936, recuerdo aquella historia tan impresionante. Entonces estaba sentado en mi puerta; era una casa en el casco viejo o nuevo entonces, bueno, aunque algo desbaratada por las bombas de la guerra.
Aquí frente a mi puerta están la mayoría de las tiendas; bueno, solo eran dos, una bodega de mi abuelo y una barbería, que por entonces poco, pero cortaba, pues apenas había dinero en la mayoría de las personas.
Todas las mañanas, aparecía un señor muy trajeado de negro y con un sombrero muy elegante; bueno, él siempre compraba aceitunas y un litro de vino de la bodeguilla. Abajo, en unos sótanos, estaban los puestos de verdura y alguna pescadería, el estanco y poco más, y yo que tengo esta tienda de espartos.
Él me saludaba casi todos los días.
Aunque en su rostro había mucha tristeza, se sabía que vivía solo desde muchos años.
También se ponía a las diez de la mañana el afilador que llegaba con ese armatoste con una rueda grande, con ese pedal de madera.
Y también recuerdo una triste mujer con una niña de unos siete u ocho años; ellas rebuscaban comida de los puestos o pedían algo de dinero.
A mi abuelo, siempre le sacaba unos reales porque decía mi abuelo que era guapísima y muy buena, pero casi nunca enseñaba el rostro, pues siempre llevaba un pañuelo algo desgastado por el paso de los años.
Bueno, sería de su mamá o de su abuela, qué sé yo.
Eran tan malos tiempos que incluso morían de hambre y enfermedades como la gripe, aquí en los soportales de la Corredera.
Amanecían algunos muertos, entre cartones, y eso era casi todos los días.
Esta mamá tendría unos treinta años o menos y el señor del sombrero, quizás cuarenta más o menos, y de aquí viene esta historia...
Sobre las doce del mediodía, salió este señor paseando por aquí, y la niña con su mamá se cruzaba ese día tropezándose con él.
Él siempre la miraba, todos los días, pues había algo en su mente que le atraía de ella.
Bueno, ella cayó al suelo, tropezó con él, que tenía unos zapatos bien grandotes.
Ella rodó y rodó, pero no se pudo levantar, pues estaba muy débil, ya que apenas se alimentaba, además de muy delgada.
Este señor dio un salto, tirando su bastón, y la tomó en brazos...
Qué cosas tiene la vida. La niña cogió el bastón de él y con esos pelos revoloteados se agarró también del brazo, y mirándolo a los ojos le dijo: "Ya has vuelto, papi, nos vamos a casa".
Ya él, con la madre de la niña en brazos, la miró y le respondió: "Sí, hija, ya nos vamos para casa".
Este buen hombre llamado Juan llegó a casa y la puso en una de esas mecedoras de entonces, hecha de mimbre; fue a por un vaso de agua y la reanimó dándole de beber.
Ella, repuesta, se quería marchar, y él le dijo que no se iría, así que se metió él en la cocina y preparó una sopa riquísima, y como ya era el mediodía, se sentaron los tres alrededor de la mesa, y tomaron la sopa y a la niña le dio embutido que él comía en las meriendas.
Así que ella ya se encontraba muchísimo mejor.
Después, por la tarde, tomaron café riquísimo.

Don Juan parecía haber rejuvenecido veinte años; por lo menos, a la niña le puso un buen tazón de leche con galletas. Y la chica se abrazó a él diciéndole: "Gracias, papi".
A él se le saltaron las lágrimas.
Ella ya no se atrevía a moverse de la silla, pero se levantó y recogió la mesa, y limpió toda la cocina; aunque él intentó que no lo hiciera, ella lo dejó todo perfecto.
Ya terminado, ella se volvió mirando la puerta y a la niña y suspiró...
Él se dio cuenta y le dijo: ¿Por qué no te quedas aquí con tu niña?...
Ella se sentó en la mecedora y lo miraba fijamente... Él, cortado, miraba para arriba y, simulando, decía: Ui, hay arañas.
Ella echó a reír como loca y la niña con ella, jajajajaja, y él se contagió también y los tres riendo...
Juan, esa tarde, le sacó a la niña una muñeca preciosa de porcelana, rubia con tirabuzones, y se abrazó a él dándole un gran beso... ¡Gracias, papi!
Bueno, llegó la noche; él le dijo después de cenar: Mira, este será vuestro dormitorio, ¿os gusta?
Ahí era precioso, con sábanas de seda y muy bien amueblado...
Ufff, soplaba ella, pues ella no tenía más que lo puesto y sabe Dios desde cuándo...
Así que la acompañó al salón donde tenía su radio, y todos los días la escuchaba un rato antes de irse a dormir.
Acabada esa media hora, él le dijo: "¿Me perdonáis, pues hoy precisamente me toca mi baño?", y se metió en su baño llenando una gran bañera de agua calentita.
Era de esas bañeras grandes con patas de león hechas de bronce.
Una vez dentro, ella pensaba que no podían, ni la niña, meterse en aquella cama tan limpia, pero jamás se había metido en ninguna bañera, así que llamó a la puerta del baño y dijo: "¿Puedo pasar?". Si pasa, ella entró y, viendo esa bañera tan grande, llena de agua y jabón con ese vapor que subía, no pudo resistirse y le dijo: "¡Puedo meterme!". ¿Sí, cómo no? ¡Pero cierra los ojos, vale! Bueno,
Ella llamó a Lucía, la niña, y le dijo: "¡Lucía, ven!". ¡Quítate la ropa, que nos bañamos!
Así se desnudaron completamente y ella a los pies de la bañera y la peque en medio disfrutaron como nunca; jamás lo había hecho.
Empezaron a chapotear los tres y él, viendo lo hermosa que estaba y con el juego, sus piernas de los dos se tocaban sus partes y terminaron cachondos perdidos. Así ninguno quería salir, pues las toallas estaban algo lejos de la bañera, y si se levantaban, se les verían sus partes y les daba mucho corte a los dos.
Ya el agua se enfriaba y la peque le dijo: "¡Mami, yo me quiero salir ya!", así que se salió. La mamá le decía: "¡Sí, hija, tráeme la toalla!", pero la pollina salió corriendo con la toalla y se puso en la mecedora paseándose y ni caso, se quedó escuchando la radio.
Como sus piernas y cuerpo seguían rozándose a él, le terminó saliendo del agua su cosa bien gorda y dura; ella jamás había visto semejante aparato. Se subió encima de él metiéndosela dentro despacio, pues no recordaba siquiera cómo se hacía.
Poco a poco se balanceaba, excitándose los dos casi al instante...
Fue tan grande esa pasión, que ya jamás se separarían, siendo inmensamente felices siempre, y ella en ese meneo quedó en cinta, que nueve meses después tuvo un precioso niño... Él le dijo: ¿Que si quería vestirse con ropas de su viuda esposa, que tenía los armarios llenos y todo de gran elegancia? ¿Ella se lo agradeció inmensamente?"
Unos años después se mudaron fuera de Córdoba, en una casona inmensa con diez habitaciones y contrato de jardinero y ama de llaves y cocineras.
Pues la sorpresa de él era un militar retirado... Más tarde tuvieron dos hijas más y sus vidas fueron maravillosas. Fin
Enrique Nieto Rubio.
Derechos de autor. Relatos.

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