Nació una preciosa niña, de cabellos negros azabache.
Con unos ojos preciosos.
Era hija única y sus papás se volcaron locamente en su educación.
Y con muchos cuidados y mimos, a más y no poder.
A Sinay le pusieron sus padres.
Cuando la niña cumplió 9 años,
Algo pasó en el pueblo que todo se oscureció, y el sol quedó a media luz. El frío se hizo intenso, y la alegría se fue del pueblo sin nadie saber por qué.

Las personas
Dejaron de hablarse y los forasteros dejaron de pasar por aquella comarca. Parecía como si una maldición tuviera el pueblo.
¿Pero hacia quién y por qué?
La tristeza en las personas era tremenda; por nada lloraban en cualquier sitio, tanto hombres como mujeres o niños.
Nadie podía abandonar el pueblo, y tampoco sabían por qué.
¿Qué pasaba?
Sinay decidió cambiar todo aquello.
Una mañana, salió de su casa para proceder en su intento. Conocía a un chico que en su colegio le hacía mimitos.
Y al encontrárselo, Sinay le sonrió, mirándole fijamente con sus hermosos ojos.
De pronto, el chico quedó petrificado, hecho una estatua de puro mármol, en mitad de la acera, frente a una botica.
Sinay, cuando lo vio, salió corriendo para su casa, gritando como si estuviera loca.
Los padres intentaron hablar con ella, sin conseguir nada, cosa que les daba igual. Pues ni sentían ni padecían.
Ella se encerró en su cuarto y no quiso salir para nada.
Todo el pueblo rumoreaba del chico de piedra, y todos, como si fueran zombis, circulaban paseando junto a la estatua y lo tocaban acariciándolo. Era puro mármol frío como la nieve.
Todos cuchicheaban al pasar, pero nadie se entendía. Era extraño qué pasaba...
Los padres del chico lo cogieron y lo transportaron a su jardín, llorando los dos muy desconsoladamente. Pero solo por unos instantes.
Nadie del pueblo apareció por su casa.
Días más tarde, una pareja que por la calle se vio al sonreír y mirarse fijamente, les pasó lo mismo.
Se quedaron petrificados los dos, con sus manos cruzadas.
Así fue sucediendo con unos y otros; todos quedaban igual.
Las calles estaban llenas de estatuas, y nadie sabía lo que pasaba.
Solo lo sabía esa niña que ya no quería salir de su casa.
¿Pero qué podía hacer ella?
Sinay decidió alarmar a todo el pueblo, para decirles que nadie se mirara en las calles. Y menos se sonrieran.
Poco a poco lo iban consiguiendo; durante las horas del día, nadie en las calles se miraba y todos paseaban solos.
Pero ya era un poco tarde, pues casi todo el pueblo estaba petrificado, incluso los padres de Sinay.
Sinay se rompía la cabeza buscando una solución para aquello.
Y en su cumpleaños con el día ya amanecido. Cuando un pequeño rayo de luz entraba entre las nubes. Cogió un gran espejo, se sentó en el suelo y, cejándolo hacia el sol, fijamente, comenzó a reírse burlonamente.
Su reflejo fue tal que el sol, deslumbrado por aquella risa, explosionó de rabia, y todo se iluminó, como si de una bomba atómica hubiera sido.
Pero solo con su resplandor, todos los que en las calles o ventanas estuvieran quedarían ciegos momentáneamente.
Y para ellos fue como si el sol se hubiera apagado del todo.
A Sinay le pasó lo mismo: quedó totalmente ciega y, al ver tanta oscuridad, el terror la embargó y no fue capaz de moverse de allí.

Pasaron horas y horas, y Sinay seguía sola y perdida; ella exclamó:
¿Auxilio?
Pero nadie la escuchaba. Ya de noche, alguien la agarró de los brazos.
Sinay dijo: "¿Quiénes sois?". ¿Quiénes vamos a hacer, pues, tus padres?
Sinay, de la alegría, se agarró fuertemente a su padre y marchó para su casa.
A la mañana siguiente, Sinay despertó, y abriendo sus ojos y mirando por la ventana, lucía un sol radiante y hermoso, como nunca.
Sinay, loca de alegría, bajó las escaleras y se agarró a sus padres diciéndoles: Todo ha pasado, todo ha pasado?".
Corrió como loca por la calle y se dirigió a la casa de su amigo.
Y cuando él la vio desde la ventana gritando,
Salió a recibirla con un fuerte abrazo.
Todos los del pueblo salieron a las calles, saltando de alegría.
Y ese mismo día lo hicieron fiesta nacional.
Lo celebraron con un banquete que cruzaba todo el pueblo.
Pusieron todas las mesas que pudieron y todos arrimaron toda la comida y bebidas que tenían; festejaron a lo grande.
Bailaron todo el día y toda la noche.
El embrujo de un sol celoso por la sonrisa y belleza de una niña hermosa desapareció para siempre jamás.
Enrique Nieto Rubio.
Derechos reservados de autor.
Cuando la niña cumplió 9 años,
Algo pasó en el pueblo que todo se oscureció, y el sol quedó a media luz. El frío se hizo intenso, y la alegría se fue del pueblo sin nadie saber por qué.
Las personas
Dejaron de hablarse y los forasteros dejaron de pasar por aquella comarca. Parecía como si una maldición tuviera el pueblo.
¿Pero hacia quién y por qué?
La tristeza en las personas era tremenda; por nada lloraban en cualquier sitio, tanto hombres como mujeres o niños.
Nadie podía abandonar el pueblo, y tampoco sabían por qué.
¿Qué pasaba?
Sinay decidió cambiar todo aquello.
Una mañana, salió de su casa para proceder en su intento. Conocía a un chico que en su colegio le hacía mimitos.
Y al encontrárselo, Sinay le sonrió, mirándole fijamente con sus hermosos ojos.
De pronto, el chico quedó petrificado, hecho una estatua de puro mármol, en mitad de la acera, frente a una botica.
Sinay, cuando lo vio, salió corriendo para su casa, gritando como si estuviera loca.
Los padres intentaron hablar con ella, sin conseguir nada, cosa que les daba igual. Pues ni sentían ni padecían.
Ella se encerró en su cuarto y no quiso salir para nada.
Todo el pueblo rumoreaba del chico de piedra, y todos, como si fueran zombis, circulaban paseando junto a la estatua y lo tocaban acariciándolo. Era puro mármol frío como la nieve.
Todos cuchicheaban al pasar, pero nadie se entendía. Era extraño qué pasaba...
Los padres del chico lo cogieron y lo transportaron a su jardín, llorando los dos muy desconsoladamente. Pero solo por unos instantes.
Nadie del pueblo apareció por su casa.
Días más tarde, una pareja que por la calle se vio al sonreír y mirarse fijamente, les pasó lo mismo.
Se quedaron petrificados los dos, con sus manos cruzadas.
Así fue sucediendo con unos y otros; todos quedaban igual.
Las calles estaban llenas de estatuas, y nadie sabía lo que pasaba.
Solo lo sabía esa niña que ya no quería salir de su casa.
¿Pero qué podía hacer ella?
Sinay decidió alarmar a todo el pueblo, para decirles que nadie se mirara en las calles. Y menos se sonrieran.
Poco a poco lo iban consiguiendo; durante las horas del día, nadie en las calles se miraba y todos paseaban solos.
Pero ya era un poco tarde, pues casi todo el pueblo estaba petrificado, incluso los padres de Sinay.
Sinay se rompía la cabeza buscando una solución para aquello.
Y en su cumpleaños con el día ya amanecido. Cuando un pequeño rayo de luz entraba entre las nubes. Cogió un gran espejo, se sentó en el suelo y, cejándolo hacia el sol, fijamente, comenzó a reírse burlonamente.
Su reflejo fue tal que el sol, deslumbrado por aquella risa, explosionó de rabia, y todo se iluminó, como si de una bomba atómica hubiera sido.
Pero solo con su resplandor, todos los que en las calles o ventanas estuvieran quedarían ciegos momentáneamente.
Y para ellos fue como si el sol se hubiera apagado del todo.
A Sinay le pasó lo mismo: quedó totalmente ciega y, al ver tanta oscuridad, el terror la embargó y no fue capaz de moverse de allí.
Pasaron horas y horas, y Sinay seguía sola y perdida; ella exclamó:
¿Auxilio?
Pero nadie la escuchaba. Ya de noche, alguien la agarró de los brazos.
Sinay dijo: "¿Quiénes sois?". ¿Quiénes vamos a hacer, pues, tus padres?
Sinay, de la alegría, se agarró fuertemente a su padre y marchó para su casa.
A la mañana siguiente, Sinay despertó, y abriendo sus ojos y mirando por la ventana, lucía un sol radiante y hermoso, como nunca.
Sinay, loca de alegría, bajó las escaleras y se agarró a sus padres diciéndoles: Todo ha pasado, todo ha pasado?".
Corrió como loca por la calle y se dirigió a la casa de su amigo.
Y cuando él la vio desde la ventana gritando,
Salió a recibirla con un fuerte abrazo.
Todos los del pueblo salieron a las calles, saltando de alegría.
Y ese mismo día lo hicieron fiesta nacional.
Lo celebraron con un banquete que cruzaba todo el pueblo.
Pusieron todas las mesas que pudieron y todos arrimaron toda la comida y bebidas que tenían; festejaron a lo grande.
Bailaron todo el día y toda la noche.
El embrujo de un sol celoso por la sonrisa y belleza de una niña hermosa desapareció para siempre jamás.
Enrique Nieto Rubio.
Derechos reservados de autor.
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Silvia Regina Cosió Cámara.
R.DM.D0YC.Y0.00.98.
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