Mi bisabuela le dictaba cartas, para sus hijos, informando de su estado delicado de salud; y en contraparte, la empleada, quien se llamaba Francisca, comunicaba que todo marchaba bien.
María Luisa, muchas veces creía escuchar a la doncella, murmurando:
¡Te quitaré todas tus joyas, vieja loca!
Francisca estaba por igual entrada en edad, y tenía unos hijos que eran unos buitres, sin oficio ni beneficio.
Una noche, sin motivo aparente, comenzó a sentirse muy mal de salud... al punto que comenzó a reflexionar qué sucedería si ella moría. Y así fue como cayó en la cuenta de que sus bienes no se encontraban seguros, así como sus tan amadas joyas, las cuales guardaba en la caja fuerte de su hogar.
Luego de mucho pensar, se dirigió a su armario y sacó cuatro cajas de calzado, de los más antiguos, que tenía. Acto seguido, sacó los papeles del interior de los zapatos... y procedió a rellenarlos, con joyas, cuidadosamente.
Procedió de nuevo a colocarlos en sus respectivas cajas y en su lugar... no sin antes cubrirlos con los papeles viejos que había retirado.
Al día siguiente, Francisca despertó a la anciana; comentándole, en medio de su llanto, que uno de sus hijos también había caído enfermo... o al menos eso le dijo a mi abuela. No obstante, ella no le creyó... y percibía que algo estaba tramando la mujer.
Y efectivamente, así fue; porque días más tarde... otra de sus doncellas le informó que se había enterado de que la institutriz visitó la boutique que ella frecuentaba para comprar hermosos vestidos con el dinero que ella le había ofrendado para cubrir los gastos de la enfermedad de su hijo.
A mi bisabuela esta noticia no le tomó por sorpresa... pues era de su conocimiento que la institutriz desde siempre aspiraba a formar parte de la alta sociedad... y esto al final no la hacía una mala persona.
María Luisa continuó dedicando su tiempo a visitar sus hospicios y asilos de ancianos, asegurándose de que todos contaran con excelentes cuidados, así como actividades de recreación en las que grandes y chicos pudiesen participar... para así proporcionarles una mejor calidad de vida.
Sin embargo, conforme pasaban los meses... mi bisabuela, de a poco, se fue retirando de todas sus actividades, pues se sentía enferma. Durante un tiempo su vida transcurrió entre idas y venidas de un médico a otro... mas ninguno se explicaba el porqué de su deterioro.
Pasaba la mayor parte del tiempo recostada; y cuando se levantaba, era solamente para caminar y recolectar algunas flores de su exquisito jardín.
Era domingo, mi abuela llamó al jardinero, quien religiosamente le traía las flores más hermosas del jardín; y si no había... las compraba en el mercado; las cuales llevaba al pie de su cama, recitándole un hermoso poema, pues él la quería y admiraba muchísimo.
Después de agradecer por sus rosas y dulces letras... mi abuela afligida le dijo:
¡Rafael, mi salud cada día se deteriora más y más; y presiento que pronto partiré!
El pobre jardinero no alcanzó a balbucear palabra alguna... pues era evidente que María Luisa se encontraba al borde de la muerte con los ojos empañados en lágrimas.
Mi abuela prosiguió:
¡Prométeme que cuando muera, les entregarás a mis hijos este cofre con la nota, que está en mi mesita de noche!
¡Por supuesto, señora, no faltaba más!
¡Muchas gracias... sé que puedo confiar en ti!
Después sacó un sobre que escondía debajo de su almohada, y le advirtió:
¡Escucha con atención... este sobre es para ti; más te suplico que no lo abras, y esperes hasta que yo haya muerto; pues no quiero que comiences a presumir con los demás empleados... pues te aseguro que será suficiente, para que puedas vivir plácidamente con tu familia, por muchos años!
Como te conozco y sé lo cabeza dura que eres, te advierto que si no cumples mis órdenes, terminarán por acusarte de haberme matado... pues presiento que me están envenenando; pues los medicamentos, lejos de ayudarme... con el paso de los días, me van matando.
¡Sin embargo, para cuando ese momento llegue, igual podrían incriminarte, por lo que te daré un documento que verifique tu historia, el cual te lo entregaré debidamente firmado y sellado!
¡El día de mi deceso, debes pedirle a la doncella las cajas de zapatos; y si te cuestiona al respecto, dirás que son para tu esposa, pues por el estado en que se encuentran, lo más seguro es que los desechará..., ¡ya que a ella siempre le parecieron horribles! ¡Vale!
Rafael, con un nudo en la garganta, apenas asintió, en señal que acataría las órdenes al pie de la letra. Para ese instante, él desconocía lo que había en el interior de las cajas.
Luego la bisabuela pareció cambiar de parecer y le dijo:
—Ahhh, creo que es mejor que saques todo a escondidas, por la puerta del jardín... y hazlo con sumo cuidado, para que no se entere la institutriz, o algún miembro de la servidumbre.
Rafael sintió que el mundo se le venía encima... e inmediatamente en su rostro la preocupación se reflejó.
María Luisa lo tranquilizó diciendo:
¡Mi querido Rafael, no tienes por qué afligirte, pues es por ello que dejaré un documento, en el cual informaré que has actuado bajo mis órdenes! ¡Debes saber que te estoy muy agradecida por tantos años de fidelidad; y anhelo para ti lo mejor del mundo... pues te lo mereces!
Para ese momento. El infeliz jardinero tenía el rostro cubierto de lágrimas y, con un beso en su mano, agradecido por el tiempo en que le había acogido, de ella se despidió.
Mi bisabuela trató de no demostrar su emoción, exclamando:
¡Vamos! ¡Muévete! ¡A tomar las cajas y a cumplir con mis indicaciones!

Rafael inmediatamente se puso manos a la obra... y antes de salir de la habitación, preguntó:
Señora, ¿no hay nada más que pueda hacer por usted?
¡Qué podrías hacer!
Quizás solamente enviarle una carta a mis hijos, notificándoles que me muero... Sin embargo, eso imposible será, porque tú no sabes escribir, y en lo que a mí respecta, me siento tan débil, que dudo poder alzar una mísera pluma y papel.
Además, de nada serviría, pues Francisca tiene todo el control. El pobre jardinero, sumamente consternado, cumplió con las órdenes de su ama y del lugar salió.
Ese día, mientras en el jardín se reposaba, acompañada de Francisca, cerca de las cinco y media de la tarde... dejó de respirar, tal cual había vaticinado.