lunes, 14 de abril de 2025

**Lucin un chico de 18 años.

 Lucin es un chico de 18 años en un pueblecito de China.

Su mamá estaba muy enferma, pues se moría.
Y los sabios del pueblo les dijeron: Lucín, tu madre se muere y solo hay un remedio: tendrás que subir al monte Tai. Casi en su copa existe una cueva, pero tienes que tener cuidado, pues allí vive un ángel custodio y difícil será que deje entrar a nadie; solo con la verdad y el amor te puede dejar.
Allí dentro existe la flor de loto, pero es azul por su flora en la oscuridad; ella tendría que tomarla en infusión, pero tiene que ser antes de ponerse mustia.
Solo así podrá curarse tu madre, y tiene que ser cogida con mucho amor por algún hijo de ella.
Así que Lucin salió de inmediato, tomó buen calzado y cuerdas, pues el camino hacia la cueva solo empieza desde la mitad de la montaña.
Al día siguiente, Lucin llegó a los pies de aquella inmensa montaña, mitad llena de sombras y mitad llena de nieve.
Lucín quería mucho a su madre y no pararía en su intento, así que empezó a gatear con su cuerda y dos garfios.
No se lo pensó para nada; en lo alto de la montaña existían unos bichos luminosos que, si los mirabas, ellos hacían que la vista se perdiera, provocando la caída, y su fin sería la muerte.
Esto se lo dijo un monje que vivía en otra cueva que existía abajo del todo.
Pues había una entrada secreta que solo los monjes y los ángeles sabían.

Lucin, el monje, le dijo que lo mejor para subir era ponerse una venda en los ojos. Así subió en dos días hasta llegar al camino aquel, no sin casi caer dos veces.
Él era muy joven y fuerte y casi subió corriendo por aquel áspero camino. Y en la entrada de la cueva, se puso de rodillas, pues la humildad sería el primer paso. Una vez de rodillas, imploró entre rezos, que el monje le explicó sollozando. Llamó: "Hada, ¿estás ahí? Por favor, no podría mirarla a la cara, pues si así lo hiciera, quedaría encantado".
El hada respondió: "¿Quién osa molestarme en mis rezos?".
Soy yo, Hada Lucín, vengo a suplicarte para que me dejes coger la flor de loto, pues mi madre se muere.
El hada, a dos metros por encima de él, se acercó; su imagen era luminosa. Puso su mano sobre su cabeza y dijo: Eres un buen chico, pasa y tómala, pero envuélvela en esas hojas grandes que hay en la entrada".
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Él entró y, a unos tres metros, frente a él, estaba esa preciosa flor. La cortó con mucha delicadeza y la envolvió con aquellas hojas, pero al salir, cometió la torpeza de fijarse en sus piernas blancas y suaves, pero siguió subiendo hasta verle esos ojos verdes fuego, por lo cual quedó poseído por el hada.

Ya él jamás podría dejar de mirarla.

De pronto, sus alas estallaron y solo quedaron aquellas heridas de sus alas cayendo al suelo, desmayándose.

El Alber, entre unos rayos que brotaban de sus ojos, tomó algunas flores más y las frotó en sus heridas, curándola de inmediato.

Al cabo de un buen rato, ella repuesta tendría que ir con él para siempre, pues otra hada ocuparía su lugar.

En ese mismo instante, se abrió una puerta y ella, de la mano, lo bajó de aquella montaña.

Así abajo lo esperaban con una carreta y partirían de inmediato, pues su madre agonizaba.

Corrieron velozmente sin importarles los obstáculos, al anochecer. Llegaron a la casa y el hada que ya no era, pues sus alas quedaron allí, clavadas en la pared de la cueva.
Ella, en vez de hervir el agua, pues ya estaba inconsciente y no le haría efecto...

Ella, con sus dedos, se sentó a su vera y le fue metiendo pétalos de flor que el hada iba masticando y, poco a poco, su madre iba tomando un color rozado luminoso hasta reponerse.

Y después jamás se pondría enferma, que incluso por habérselas dado así, tampoco envejecerían…
Así Lucin se prometió con aquella hada, que en su perfección era hermosísima y muy cariñosa; más dieron una gran fiesta, a la que todo el pueblo quedó invitado.
Siendo así, los más felices de todos los tiempos y vivieron para siempre.

Enrique Nieto Rubio.
Derechos de autor.

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