Abraham, un escultor de grandes obras de mármol.
Un día, se empeñó en que quería hacer a la mujer perfecta.
A tamaño real,
Buscó a las mejores modelos, y fueron muchas.
Pero a ninguna la veía perfecta.
De cada una de las modelos, fue creando primero en barro.
Y después, en yeso, de una, le sacó la cara, la mujer más bella del mundo; de otra, el torso, y así fue, día tras día, formando a la mujer perfecta.
Era un encargo de un multimillonario, que le pagó una gran suma de dinero.
Conforme pasaban los meses, su inquietud fue aumentando por esta mujer, que en el fondo no existía en la tierra.
Pasaban los meses y, estancado, no podía seguir; los taladros se les rompían, hasta que terminó dejando la obra a medio hacer.
Su cabello no encontraba pose para él, y se agobiaba, y llegó a un punto estresante.
Le devolvió todo su dinero a este hombre, diciéndole que le era imposible hacerla.
Sus temblores, cada vez más grandes y largos, terminaron con su botella en la puerta del taller.
Abraham soñaba cada noche con ella y hasta le hablaba; incluso hacían el amor, llegándose a enamorar locamente.
Se despertaba cada noche asustado y con muchos sudores; su obsesión era tan grande que apenas si dormía.
Y se asomaba a verla, aunque la tenía con unas sábanas por encima.
Un día de primavera, se fue al parque a pasear muy relajado y extraño, con una paz tremenda y alegre; no sabía por qué, pero lo estaba.
Se cruzó con una preciosa mujer, con sus cabellos negros ondulados al azote del viento, que los acariciaba.
Ella lo miró de reojo, como diciendo: ¡Este es un loco! ¡Y aligeró el paso!
Abraham se quedó mirándola fijamente y se fue girando conforme ella iba pasando.
Firmando en su mente esos cabellos preciosos que llevaba, pero él no dijo ni palabra.
Se volvió inmediatamente hasta su taller, la descubrió y comprobó que su obra ya estaba completa, con esos cabellos vistos por él.
Él, sin darse cuenta, cada noche se levantaba y la fue formando inconscientemente.
Realmente era tan hermosa, que no fue capaz de deshacerse de ella, y en su pequeño jardín, que daba a la espalda de la puerta principal, allí en su centro, la puso y todos los días se sentaba frente a ella y le hablaba.
Todas las personas que la veían se quedaban enamoradas de esta estatua de mármol puro, blanco como la leche.
Y todos le hacían fotos, y terminó por hacerse muy famoso, aunque nadie pensaba que él era su escultor.
Enrique Nieto Rubio.
Derechos de autor.
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