Esposo y verdugo mío:
Te escribo con el dolor impotente que hoy me hace una mujer triste, desamparada y sin fuerzas para continuar con esto. Cuando te conocí, te amé profundamente; eras tan tierno y afectivo, que me entregué a ti sin miramientos, segura de que escogía bien mi destino. ¡Qué equivocada estaba! A veces el amor nos confunde, nos ciega y no nos permite percibir la oscuridad que pueda haber en un alma.
Todo lo daba por ti, la vida misma colmada de bellas ilusiones, espejo rosa que enferma de amores, solo puede ver “felicidad”.
Mis ojos brillaban en el altar, donde ante Dios te entregué mi amor puro y solemne.
Solo duró unos días la ilusión; enferma de gripe, olvidé lavar tus camisas. Preguntaste furibundo dónde estaban; yo pedí disculpas, pues me encontraba en la cama; la fiebre alta me acongojaba. Me levantaste y a empujones me hiciste lavar una camisa, diciéndome que era mi obligación, pues esa era la correspondencia que esperabas al darme techo y comida.
Lloré como una Magdalena en el lavadero, pensando en que tenías razón, pues tenía un compromiso como esposa, pero en mis adentros hubiera querido otra cosa, que me llevaras un té y me mimaras para que me sintiera mejor.
Después ya fue cotidiano tu mal humor, hasta que llegaste a golpearme, esa primera vez que no olvido. Me arreglé para ti, pues cumplíamos un mes de casados; me pinté los labios de cereza, cosa que no hacía, pues siempre me decías que era más linda, sin pintura en el rostro. Pero quería conquistarte, verme bonita para ti. Recuerdo tu rostro al verme; gritaste furioso diciéndome que si era una prostituta. Yo no entendía a qué te referías hasta que acercaste la mano y embarraste el labial en mi rostro, para después darme una cachetada, diciéndome mujer libertina. Lloré nuevamente sintiendo en mi corazón frustración y aborrecimiento. Tomé mis cosas y, sin que te dieras cuenta, salí de ahí. No tardé mucho, pues llegaste con flores a casa de mi madre y a pedirme perdón; yo creí en ti nuevamente, justificando tu acción, pues ya esperaba a nuestra hija. Siguió mi martirio incluso embarazada, porque no te importó pegarme, dejándome tirada y con la herida de una mujer humillada.
Hoy me pregunto.
¿En qué momento dejé que te convirtieras en mi verdugo?
Sé que tengo la culpa de estar como estoy ahora, postrada en una cama, amoratada y con crueles cortadas, sobre todo mi cuerpo adolorido.
Quiero decirte que jamás regresaré contigo. Que te quise mucho, de eso debes estar convencido. Pero esto se acabó; hoy, al lado de mi hija, tomo otro camino.
Dios te perdone, yo estoy en paz contigo, pues me llevo mi amor, mi dignidad y mi tiempo sufrido. Hoy estoy en libertad y te deseo que nunca más nadie padezca a tu lado lo que yo he padecido.
Firma: Araceli García 2014
Hola, amada mía, siento tanto haberte provocado tanto dolor.
Bien sabes que yo no soy así; aquellos golpes que tan brutalmente te di y causé en tu cuerpo no era mi intención, no era yo, lo siento. Sé que nunca podrás perdonarme, mi vida; sentí, es un calvario, mis noches, un infierno. Sé que me porté como un cerdo, lo sé; entonces estaba enfermo y amargado, me dijeron cosas malas de ti y me las creí.
Hoy me he dado cuenta de que todo fue mentira y he pagado muy caro. Tu dolor sí, te amo, lo sabes, tu cara no la puedo olvidar, esos ojos maravillosos, tus risas cuando éramos novios, tus juegos de adolescente que me volvían loco.
Esos tiempos los quería yo, y cuando nos casamos ya no era lo mismo; las noches eran presas de nuestros enojos. Yo te buscaba en ellas y tú no estabas. Entiendo que era por mi mal humor, seguro, pero quería amarte todas las noches, y tú no me escuchabas. Así, por el día era un ogro y tú la princesa.
Por las noches yo era tu príncipe y tú una fría estatua de mármol; así mi amargura fue creciendo, y me convertí en ese que tú bien dices, en tu verdugo.
Ahora ya es tarde para mí, ¿verdad?, y lo peor es que mi hija no la pueda ver, pero no te preocupes, merezco cuanto me pasa; la amargura eterna es lo que yo me merezco, sí, lo siento.
Lloraré cada noche por cada golpe, por cada riña y por cada maltrato que cause en ti; vagaré por los suburbios con mi dolor, pues no merezco nada mejor, y cuando te enteres de mi abandono, no me vayas a buscar, pues ya voy errante por las calles desde que tú te fuiste, pero ¿sabes? Tengo una aliada que me hace olvidar tu hermoso cuerpo, tus lindas caricias, el olor de tu cabello que me volvía tan loco, tu sentir, sí, y tus labios cuando me decían "te quiero", qué ciego estuve, lo siento tanto.
Esa es mi amiga, la botella de ron que, por más que la maltrate, no me deja abandonado; ella sí me enterrará pronto.
Dile a mi madre que en mi guardilla tengo dos cartas, una para ti y para nuestra hija, para que no le falte de nada.
Y otra para mi madre, para que sepa lo malo que fui y que tú eras una santa. Perdóname si tu carta lleva un seguro de vida que pronto cobrarás para nuestra hija, que Dios me perdone.
FIRMA: ENRIQUE NIETO
CARTA DE UNA MUJER MALTRATADA * DE ARACELI GARCÍA -RESPONDE ENRIQUE NIETO
Publicado por ♥Ąhavã♥ administradora el octubre 31, 2014 a las 11:31 am en LAS CARTAS LOCAS DEL CASTILLO MÁGICO. Volver a LAS CARTAS LOCAS DEL CASTILLO MÁGICO. Discusiones.
▼ Responde a esto
No hay comentarios:
Publicar un comentario