En un bosque encantado, una hadita se perdió, y su cuerpo, ya cansado, en pelotas, se durmió.
Bajo un árbol grandísimo, allí su cuerpo descansó.
Mientras un duende malvado la acechaba sin razón.
Esperando estaba él a que ella se durmiera, para atraparla en una jaula y hacerla su compañera.
Con unos polvos mágicos, que en su rostro él le echó,
Ya no despertaría y con ganas se la llevó, que su baba se le caía.
Al ver que era un bombón.
Pobrecita de la hadita, en una torre que está rodeada de musarañas.
Que también la quieren probar.
Con cadenas esta la tiene, tirada en un rincón.
Con ese culito que tiene, y mirándola está el bribón.
Ella no quiere, no quiere que se le acerque este marranito.
Que el culito quiere comerle, aunque solo sea un poquito.
Ella gritaba, y gritaba, no paraba de gritar, y este duende malvado,
Se tuvo que retirar.
Llorando, ella quedó con su cuerpo desnudo.
Esperando que esté guarrón, quisiera verle el culo.
Un águila que pasaba, y la sintió sollozar, se asomó por la ventana.
Y la vio suplicar.
Que le echara una manita al águila le suplicó, con esa cara tan bella. El águila allí entró.
Con sus alitas abiertas, el águila la protegía, mientras rompía sus cadenas. Encima de él, ella se subía.
Agárrate, bella hada, no te vayas a soltar; te llevaré hasta tu casa, y allí descansarás.
El águila salió volando, y el duende que lo vio, una lanza le ha tirado. Y en un costado la clavó.
—Aguanta, águila —le decía—, vuela, vuela, ya no pares de volar, que mi casa queda cerca, y seguro llegarás.
Allí, en una cueva, el águila fue a caer. Y ella tiraba del águila, por si la pudieran ver.
En esa cueva tenía agua bendita del manantial.
Ella la tomó con su boca, y al águila se la quiso dar.
Ella le sacó la lanza, y en sus heridas, más agua le echó el águila moribunda, y casi muere de dolor.
Por fin se ha recuperado con el agua que le dio.
Y en hada se ha convertido, y con ella se casó, y vivieron muy felices. Para siempre, en su amor.
Enrique Nieto Rubio.
Derechos de autor.
Cuento.
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